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La forma de la plaza vista desde arriba, desde el cielo, era circular. Una amplia circunferencia, más intuida que real, que ofrecía unos contornos imprecisos. Desde abajo, desde la tierra, no era posible definir una forma concreta, pues los edificios que la rodeaban, bloques rectangulares y dispares que estaban coronados por miles de antenas multiformes, privaban de la perspectiva necesaria.
Tanto desde el cielo, como desde la tierra, el cemento y el asfalto parecían formar un todo indisoluble que se agarraba firmemente al suelo y sus entrañas. Años atrás, cuando la plaza aún era un proyecto, al perforar la tierra para construir el complejo comercial que ocupaba buena parte del subsuelo, se habían descubierto restos de antiguas civilizaciones que se hundían más y más en el tiempo conforme se avanzaba en el interior de la tierra. Muertos de muchos siglos atrás, muertos desde siempre y para siempre, que permanecían separados de los vivos por las recias tramas asfálticas y las gruesas capas de hormigón con que se puso fin a las misteriosas filtraciones de agua que amenazaban con echar al traste todo el proyecto.
Cuando meses después, el comisario y los demás personajes de esta historia recorrieran una y mil veces los espacios de la plaza en busca de una clave, de una pista o de una certeza, apenas reconocerían en ella la figura del círculo. Pero esa era la forma que adquiría al mirarla desde el cielo, y también el contorno que hubieran adivinado los muertos del fondo de la tierra y del tiempo si hubieran podido levantar un instante la vista hacia arriba.

Así comienza Cita con la Eternidad, de Pedro Uris, una “magnífica combinación de thriller policiaco con inquietantes incursiones en el terreno fantástico”, en palabras de Luis Andrés, crítico literario.

En la red encontramos referencias y entrevistas con el autor, como la reseña de Ricardo Rodríguez, la noticia en la página de L’Eliana, o el artículo de Paco Gisbert, en El País: Cita con Pedro Uris.

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Foto: Carmen Herrera

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